MORILES – AGUILAR DE LA FRONTERA – MONTURQUE – LUCENA – SANTUARIO ARACELI – MORILES

68 KM.


Calor sofocante, bochorno y tormentas de verano resonando en lontananza  me han dado la bienvenida en mi vuelta a la carretera tras 6 larguísimos meses de parón invernal.

Me dejé caer por la Subbética cordobesa, y por un cúmulo de circunstancias la subida al Santuario de Ntra. Sra. de Araceli, en Lucena, fue el puerto elegido para desentumecer las piernas tras la larga parada y para dar el pistoletazo de salida a esta temporada ciclista, sumando así de camino una subida más a la lista de puertos andaluces que voy acumulando en mi haber.

Supongo que el subconsciente también influyó y guió en cierto modo mis pasos hacía esta tierra, la de uno de mis apellidos, “Lucena”, la tierra de la denominación de origen Montilla-Moriles, conocida por sus vinos, lugares que nunca antes había pisado a pesar de ser la tierra de mis abuelos.  Imagino que haber pasado las últimas semanas leyendo unas cartas que cayeron en mis manos y que me han servido para descubrir a ese gran desconocido para mi como es mi bisabuelo, habrá hecho que algo dentro de mi se remueva y fije la atención en su cuna.

Volver a los orígenes resulta una experiencia extraña, recorrer sitios desconocidos donde tus antepasados crecieron y desarrollaron parte de sus vidas hace que medites sobre lo que de ellos vive en ti, sobre el carácter, conductas, percepciones que has heredado de ellos, y cómo de alguna forma éstas te condicionan a vivir y sentir cosas que ellos ya vivieron y sintieron…incluso quizás a cometer sus mismos errores, a alcanzar “éxitos” similares o simplemente a ver la vida con ojos parecidos.

La vida se parece mucho a montar en bici, de ahí que siempre me haya despertado esa atracción;  si no estás en constante movimiento te caes, porque al igual que una ruta en bici la vida está llena de subidas, bajadas, llanos, viento a favor, en contra, frío, calor, lluvia, nieve, incluso accidentes de las que te levantas o no… pero siempre es puro movimiento, siempre, no hay peor muerte en vida que la del inmovilismo, que quedarse quieto mientras todo pasa de largo y se va.

Última rampa

Lucena

Cabra

Romería en Monturque

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

Fotos realizadas con Iphone 4.

Noche del sádado de Carnaval en Cádiz 2012.

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Fotografía José Manuel LLamas ©

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Galería de “4 días en Paris”.

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LOS AHILLOS

El olfato es el “patito feo” de los sentidos, del que todos prescindiríamos sin dudarlo un instante si nos obligaran a privarnos de uno de ellos, pues lo consideraríamos un mal menor comparándolo con la vista, el oído o el tacto, incluso el gusto, sin olvidar que éste no es nadie sin el olfato.

No obstante, poco tiene que envidiarle a sus “hermanos” en su capacidad evocadora y potencialidad para crear emociones si supiéramos apreciarlo como se merece. El mundo de los olores es tan variado, rico y complejo como poco valorado, pues la contundencia del resto de sentidos hacen sombra a su sutileza, relegándolo a un segundo plano y haciéndonos olvidar que en los matices y cosas delicadas encontramos muchas veces las cosas más bellas de la vida.

El olor a hogar, a tierra mojada, a hierba recién cortada, a mar, a abuela…los diferentes olores de la persona a la que amamos; su respiración, cabello, cuello, extremidades, espalda, vientre, sexo…son capaces de crear todo un caudal de sensaciones y emociones a través de algo tan intangible, etéreo e invisible como es un aroma o una fragancia.

La ruta de los Ahillos huele en esta época del año a otoño; a tierra seca anhelante de lluvias tras el largo verano, a membrillos silvestres que salpican las lindes del camino, a aceitunas, a hojas amarilleadas antes de caer al suelo y a la cal de los cortijos blanqueados que transpiran un toque dulzón de humedad al pasar junto a ellos.

Sin duda, un sitio donde el olfato cobra su verdadero valor porque sin él perdería gran parte de su esencia.

Embalse de las víboras

Las Casillas

Colmenas

Collado de los Ahillos

Bici

Descenso

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

EL ESPINO

Colmenar

El puerto del Espino se encuentra en pleno corazón del triángulo que forman las Serranías de Ronda, Grazalema y los Alcornocales, parajes naturales que sestean impunemente entre las líneas imaginarias que traza el hombre, de tal modo, que recorriendo estos parajes uno tiene serias dudas sobre cuando pisa suelo malagueño o gaditano, pero la naturaleza al igual que los sentimientos no entiende de límites, barreras o demarcaciones y campa a sus anchas de forma completamente libre y espontánea.

Subir este puerto suponía enfrentarse al vacío que se genera una vez alcanzado y logrado un gran reto; los colosos dolomíticos, el Veleta…cuando conseguimos algo con lo que hemos soñado largo tiempo y consideramos difícil de superar corremos el grave riesgo de quedarnos sin incentivos y sin la chispa generadora de la ilusión y el deseo de lograr nuevas y grandes metas.

Sin embargo, todas las dudas se disipan con las primeras rampas tras cruzar el puente sobre el río Genal; el sol de otoño, el viento de Levante meciendo los pinos, el aroma que éstos generan y flota en el ambiente, la sangre bullendo por las venas a causa del esfuerzo, el pueblo blanco de Gaucín encaramado en la montaña y coronado por su castillo, y tantas otras sensaciones que hacen que caigas en la cuenta de que el camino más corto hacía la felicidad está en los pequeños detalles, en la belleza de lo sencillo, y sobre todo en saber vivir, disfrutar, valorar, aprovechar y reconocer los momentos verdaderos que nos otorga la vida.

Gaucín

Valle del Genal

Meta

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

Esta noche es el equinoccio de otoño, como en muchos aspectos de la vida toda muerte supone un nacimiento, todo fin engendra un principio, muere el verano, nace el otoño. Las estaciones tienen la suerte o la desgracia de saber cuando mueren y cuando nacen, cada año lo hacen sin margen para la sorpresa, y cada 23 de septiembre nace el otoño y muere el verano.

El otoño nace en el instante en que la noche y el día duran lo mismo en todos los puntos del planeta salvo en los polos, se obra un pequeño milagro en el que pocos reparamos y que es una de las muestras más sutiles y perfectas de lo que significa el equilibrio y la virtud del punto medio, día y noche en absoluta armonía sobre toda la Tierra salvo en los extremos, que mejor ejemplo de vida.

El nacimiento del otoño supone también un punto de inflexión, antesala obligada a todo renacer. Las noches comienzan a ser más largas que los días en el hemisferio donde nos toca vivir, mientras los días se alargan sobre las noches allá abajo. Aquí la oscuridad gana terreno a la luz, la noche al día, mientras al otro lado de la línea imaginaria con la que marcamos el punto medio, la luz gana terreno a la noche.

Roto el perfecto equilibrio; frágil, voluble,  etéreo y momentáneo, la desigualdad y el desequilibrio vuelven a reinar y lo que por un lado recibes y ganas lo pierdes por otro.

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

EL VELETA

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Es un defecto muy común en el ser humano no valorar lo que se tiene, lo cercano, lo cotidiano, y sobrevalorar aquello que no tenemos, lo lejano o exótico, lo nuevo.

Y pienso que es algo especialmente acentuado en los españoles, porque he podido ver como en otros países valoran y miman cosas que aqui consideraríamos algo irrelevante, de escaso valor y que sin embargo con la veneración y celo que muestran hacía él consiguen que se convierta en algo apreciado por otras personas y que adquiera un valor que por si mismo no posee.

Si pidiéramos que un aficionado al ciclismo o un neófito nos dijera 20 cumbres míticas del deporte de las dos ruedas, tengo la absoluta certeza que ninguno incluíria Sierra Nevada en su lista, y por una sencilla razón, porque realmente no lo es.

Sin embargo, esta mole andaluza, granadina, tiene la carretera más alta de europa, que sobrepasa los 3.400 m. de altitud llegando hasta el mismo Veleta, desde donde no sólo se ve el estrecho de Gibraltar y Marruecos, sino donde miramos desde arriba a todos los altos de montaña de la vieja Europa.

Es un puerto, un monstruo, que lo tiene todo para que se hubieran escrito en él letras de oro en el ciclismo, no sólo por su altitud, sino por su longitud, parando el cuenta kilómetros en 44 cuando echamos el pie a tierra en la cumbre habiendo partido desde Pinos Genil, su vertiente más atractiva que conjuga dureza, una estrecha carretera de montaña, y un paisaje espléndido partiendo del río Maitena y la antigüa estación de tranvía que subía a la Sierra y hoy desaparecida hasta el Collado de las Sabinas. Sería nuestra “Cima Coppi” como los italianos llaman orgullosos al Stelvio, el rey de los Dolomitas, que no llega a los 2.800 metros de altitud.

La culpa es nuestra, y en especial de la organización de la Vuelta España, que se empeña en terminar las etapas en Pradollano a 2.100 m. de altitud cuando aún queda medio puerto por subir, o en la Hoya de la Mora donde aún restan 12 km.!!! hasta la cima, los mejores y los más drámaticos porque la falta de oxígeno empieza a hacer estragos y la carretera descarnada por la nieve agarra sin piedad las ruedas de nuestra bici.

Una vez arriba descubrimos un paraje inhóspito rodeado de unos paisajes sobrecogedores, donde la ausencia de tan siquiera un pequeño refugio de montaña donde poder recuperar fuerzas tras el tremendo esfuerzo y comprar algún recuerdo que atestigüe que estuvimos en el techo ciclista de Europa, no hacen más que demostrar que aquella no es una cumbre mítica y que todos prefieren contemplar su silueta en la distancia y desde abajo en vez de pisarla con sus pies.

Embalse de Canales

Vista desde el Dornajo

Ntra. Sra. de las Nieves

Cima

El Veleta

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

Hoy nadie oye las campanadas a media noche con un vaso en la mano y doce uvas dentro, ni se oyen fuegos artificiales, ni la calle está desierta y se ven la mayoría de hogares encendidos, ni hace frío, ni suenan villancicos, ni la gente se da abrazos entre lágrimas de emoción recordando el año que se nos va y aquellos seres queridos que ya no están presentes entre nosotros, ni se brinda con champange después de una copiosa cena…y sin embargo cada 31 de agosto tengo la sensación de que acaba un año y comienza otro nuevo.

No sé si será porque aún me rijo por el calendario escolar, y los cursos equivalen a años, si son los fascículos que inundan los kioskos de los que nadie compra más allá del primer número de lanzamiento, si es la ciudad que vuelve a recobrar su pulso tras dos meses a medio gas, o si simplemente es el final de las vacaciones estivales, pero a pesar de que el calendario siga indicando que estamos en el 2011 y quede aún un tercio del año por delante, para mi esta noche supone un punto y a parte.

Aunque la vida y el tiempo sean un constante fluir que no entiende de números, estaciones, meses o años, necesitamos etiquetar y clasificar ese espacio para poder ubicar, colocar y datar los diferentes acontecimientos de nuestra existencia, y así tener la sensación de que cifrando el tiempo podemos establecer finales, principios y pausas, en un discurrir constante que realmente sólo tiene parada con la muerte.

Espero y deseo que en el nuevo año se cumplan la mayoría de nuevas proposiciones, ilusiones, proyectos y metas, y si no es así, al menos poder tener la satisfacción de que haya merecido la pena vivir los 365 días y noches que se presentan por delante.

Feliz año nuevo.

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

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Las heridas que más duelen son aquellas que no pueden cerrarse con aguja e hilo, aquellas que no encuentran alivio por vía oral, aquellas que no tienen fecha de cura y que pueden seguir abiertas y sangrar durante toda una vida. Heridas invisibles, que sólo la mirada atenta y perspicaz de quien bien te quiere y conoce puede intuir en tu mirada vácua y perdida cubierta de un velo de tristeza, o en aquella nueva arruga que cruza de forma oblicua tu frente y exterioriza en un rictus tu dolor interno oculto a la vista de los demás.

Desde pequeños nos inculcan a través de la educación, ya sea familiar, religiosa o escolar, una serie de máximas y valores que redundan claramente en el bien común pero que pocas veces encuentra recompensa en el bien individual, más allá del mero hecho de tener la satisfacción de haber obrado de acuerdo a esas reglas y sentir una artificiosa paz interna que aliente nuestros estrepitosos fracasos personales.

El cine, la televisión, la literatura, en definitiva la mayoría de medios de comunicación van cargados de mensajes donde el bien se impone al mal, donde el amor todo lo vence, donde aquel que obra como es debido obtiene siempre su recompensa. Pero la realidad dista mucho de ser así, la cruda realidad se encarga día a día de hacernos ver que la maldad suele imponerse al bien, que el amor es algo cada vez menos valorado y que casi siempre pierde la partida ante el materialismo y sentimientos más bajos como el miedo, la cobardía, el egoismo, y las personas que se guían en su vida por valores y principios que consideramos ética y moralmente correctos no sólo no obtienen frutos equiparables a su proceder, ya que su vida está salpicada de desgracias personales, sino que además suelen ser pisoteados, maltratados y sacudidos por aquellos para los que no existe otra regla en el vida que el beneficio y el bien propio.

Las heridas que no se ven dejan cicatrices igualmente invisibles, cicatrices que contaminan y envenenan, con las que corremos el grave riesgo de convertirnos en peores personas, dejando de creer en todo aquello que en cierto modo ha sido un faro en nuestra vida, en definitiva a perder la fé, con el peligro de caer en la más profunda e ignota oscuridad.

Fotografía y texto de José Manuel LLamas ©

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